Todas las noches Linn soñaba que tocaba la luna. Salía de entre sus sábanas y se acercaba a la ventana, la abría y flotaba. Flotaba en la noche sintiendo cómo la brisa agitaba su camisón. Veía las ciudades, las luces, cada vez más pequeñas mientras que la luna cada vez era más grande, hasta que finalmente rozaba con sus dedos su superficie.
Linn trabajó mucho para que su sueño se hiciese realidad, estudió la carrera apropiada, pero no fue lo suficientemente buena. No se rindió. Siguió insistiendo, intentando entrar en el programa espacial desde abajo, lo importante era tener posibilidades, pero su oportunidad nunca llegó.
En sus peores pesadillas construía una torre durante años. Transportaba piedras con paciencia, con constancia, pero la torre nunca era lo suficientemente alta.
Linn murió sin haber tocado la luna. Nunca fue lo suficientemente buena, ni su torre lo suficentemente alta.
Por eso los sueños eran tan dulces y los despertares tan amargos...




