Para la gente que estudia o que en las encuestas marca la casilla de "estudiante" en el apartado de "ocupación", el año no empieza el 1 de enero. Para mí el año empieza en septiembre.
Es la época de hacer los buenos propósitos, de planificar la nueva temporada, de comprar los folios y los bolis... Es cuando me digo "este año voy a ir a clase y a llevarlo todo al día", "este año voy a ir al gimnasio, a hacer deporte", "este año saldré menos", este año dejaré de fumar", "este año...".
Este año me veo más mayor que nunca. Tengo todavía asignaturas de primero, y como estoy yendo a clase (que dure, que dure), me encuentro sentada al lado de yogurcines de 18 añitos. Es inevitable comparar. Son tan tiernos.
Les ves ahí sentados en el cambio de clase, sin atreverse a salir al pasillo, aferrados a su silla como si pudiera protegerles de cualquier cosa. Miran todo con ojos desorbitados. Ven que eso ya no es el instituto, donde conocían a todo el mundo.
Ahora tienen unos profesores nuevos que no se dejan amedrentar tan facilmente como los de antes. Ahora no están rodeados de otros veinte o treinta adolescentes que se sienten fuertes, ahora se ven en medio de doscientos dieciochoañeros tan perdidos como ellos.
Con el tiempo harán pandillas, pero todavía falta un poco para eso, ahora su único apoyo es la silla en que se sientan.
Y en medio de todos ellos estoy yo, con ocho años más.
Ánimo yogurcines, que es menos de lo que parece.
Es la época de hacer los buenos propósitos, de planificar la nueva temporada, de comprar los folios y los bolis... Es cuando me digo "este año voy a ir a clase y a llevarlo todo al día", "este año voy a ir al gimnasio, a hacer deporte", "este año saldré menos", este año dejaré de fumar", "este año...".
Este año me veo más mayor que nunca. Tengo todavía asignaturas de primero, y como estoy yendo a clase (que dure, que dure), me encuentro sentada al lado de yogurcines de 18 añitos. Es inevitable comparar. Son tan tiernos.
Les ves ahí sentados en el cambio de clase, sin atreverse a salir al pasillo, aferrados a su silla como si pudiera protegerles de cualquier cosa. Miran todo con ojos desorbitados. Ven que eso ya no es el instituto, donde conocían a todo el mundo.
Ahora tienen unos profesores nuevos que no se dejan amedrentar tan facilmente como los de antes. Ahora no están rodeados de otros veinte o treinta adolescentes que se sienten fuertes, ahora se ven en medio de doscientos dieciochoañeros tan perdidos como ellos.
Con el tiempo harán pandillas, pero todavía falta un poco para eso, ahora su único apoyo es la silla en que se sientan.
Y en medio de todos ellos estoy yo, con ocho años más.
Ánimo yogurcines, que es menos de lo que parece.

